
Siempre dispuesta a escuchar con ternura, paciencia y posterior consejo. Te avocaste a criar hijos de alquiler con la misma dedicación que una madre placentaria, siempre entregaste mucho amor sin esperar recompensa, pues tu premio fue la sonrisa inocente de tus regalones. Con mucha paciencia consentías a sobrinos caprichosos y mediabas conflictos bélicos entre infantes desde tu vehículo principal. Testigo silente y observadora pasiva, desde la niebla de tus ojos bien podías distinguir la congoja del júbilo por más camuflaje que a ello añadiéramos, tú nos conocías.
Fuiste cómplice de travesuras y jugueteos infantiles, cómo olvidar cada vez que, apenas entrando a la casa, saltaba sobre tu cama y disparaba una avalancha de besos y abrazos descontrolados. Mi tez blanca y la personalidad de ni niñez fueron precursores de los apodos de "Paloma blanca" - o "paloma negra" cuando te enojabas- , "Pequeña Lulú" y "la niña del avión" fueron otros casos que demostraron tu ternura maternal a prueba de balas.
Siempre conocida como "de bajo perfil", como la moralista del grupo y quien solía predicar sobre lo socialmente correcto. Por ahí supe que te gustaba bailar en los malones, con ciertas amistades, de preferencia esas cumbias gozadoras que te cantábamos cuando se escuchaban en las radios.
disfrutaste de tus placeres culpables sin ser jamás descubierta, por supuesto con tus cómplices, y es que también me contaron de tus tortas a medias y de los racimos de uva negra a media noche.
Sin duda escondías muchas cosas, pero tus motivos tuviste, y con tristeza fuimos testigos de tu sufrimiento que ha cesado y se ha revertido ya.
Dejaste huellas imborrables en nuestros corazones, y agradecemos profundamente tus enseñanzas y tu entrega. Cuesta, sí, el desapego físico, pero hemos asumido que El Señor ha abrazado tu espíritu y te lleva consigo hacia la luz. Ese sí que es un feliz viaje.

